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Pip, la ranita, estaba sentado en su nenúfar favorito, viendo al sol pintar el pantano de dorado. Sus patitas palmeadas colgaban en el agua fresquita. «Qué día tan ocupado», suspiró suavemente.
Todo el día había saltado de lugar en lugar, chapoteando y jugando. Ahora las libélulas se iban a casa. El pantano se puso callado y quieto.
«Pip», le gritó la Señora Tortuga con cariño. «¿Me ayudas a juntar musgo suavecito para mi caparazón?» Pip casi saltó rápido, pero se acordó de moverse despacio en la calma de la tarde.
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