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El Parque Mágico de los Gatitos era el lugar más increíble del mundo. Tenía columpios de nubes, flores que brillaban y, lo mejor de todo... ¡leche de chocolate de verdad! «Papá, ¡hoy la probaremos!», dijo Kiana con los ojos muy abiertos. Papá sonrió. «¡Vamos antes de que se acabe!»
Pero cuando llegaron al puesto, el gran tarro rojo estaba... ¡vacío! Ni una gotita. Ni un chorrito. Nada. «Hmm. Eso es muy raro», dijo Kiana, frunciendo el ceño. Papá se rascó la cabeza. «Alguien se la tomó toda. ¿Pero quién?»
Kiana sacó pecho. «Nosotros resolveremos este misterio, papá». «¿Cómo?», preguntó él, curioso. «¡Como detectives! Buscamos pistas, encontramos al culpable». Papá asintió muy serio. «De acuerdo, detective Kiana. ¡Tú mandas!»
En el suelo había huellas de patitas pequeñas con gotitas marrones. «¡Pista número uno!», susurró Kiana emocionada. Las huellas llevaban directo hacia Nube, el gatito blanco. «¡Ajá!», dijo papá señalando. «¡El sospechoso número uno!»
Se acercaron a Nube con cuidado. Kiana miró sus bigotes. Secos. Limpios. Perfectos. «Hmm. Eso es muy raro», murmuró ella. «Nube no tomó la leche», dijo papá. «Sus bigotes lo dirían». «Siguiente pista», decidió Kiana.
Una mancha redonda y marrón en el pasto señalaba otro camino. Al final del camino estaba Mandarina, el gatito naranja. Tenía las patitas manchadas de marrón oscuro. «¡Sospechoso número dos!», anunció papá en voz bajita.
Kiana sacó su lupa y examinó las patitas de Mandarina muy de cerca. «Papá... esto no es leche. ¡Es pintura naranja!» Mandarina mostró un pincel pequeño escondido bajo la cola. «Hmm. Eso es muy raro», dijo papá riendo. «¡Otro inocente!» «Solo queda uno», dijo Kiana.
Papá notó algo detrás de un árbol redondo y gordito. Una colita gris que se movía nerviosa. «Kiana», susurró papá, «mira allá». Era Pompón, el gatito gris, con la barriga muy, muy redonda. «Eso es sospechoso», dijo Kiana despacio.
Kiana encontró el tarro vacío justo al lado de Pompón. Y en la barbilla de Pompón había un hilito de leche de chocolate. «¡Pompón!», dijeron Kiana y papá juntos. Pompón puso sus patitas en la cara. «Lo siento mucho», maulló bajito.
Pero entonces Pompón sacó algo de debajo de su colita esponjosa. ¡Un tarro extra de leche de chocolate, bien lleno! «Lo guardé para compartir», confesó con orejas gachas. Todos rieron y bebieron juntos. ¡Deliciosa, dulce y mágica! «¡El mejor misterio del mundo!», exclamó papá.
Con bigotitos de leche de chocolate, Kiana y papá se despidieron del parque. «¿Cómo supiste que era Pompón?», preguntó papá caminando. Kiana sonrió. «La barriga, papá. La barriga nunca miente». Papá soltó una carcajada enorme mientras las estrellas mágicas comenzaban a brillar.