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Duggo el perro amaba su pueblito. Todas las mañanas, movía la cola y buscaba maneras de ayudar.
«¡Qué día tan perfecto!» ladró. Su caja de herramientas tintineó mientras trotaba por la calle, ¡listo para arreglar cualquier cosa!
¡CRAC! ¡El portón del jardín de la Sra. Coneja se cayó! «¡Ay no!» gritó. «¡Ahora los conejitos saltarán por todos lados!»
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