El gran secreto de Milo

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Chapter 2 of 5
El gran secreto de Milo

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La biblioteca del pueblo olía a papel viejo y a silencio. Milo entró y apretó su libro azul con fuerza. «Me encanta este lugar», susurró.

Luna se acercó, con los ojos brillantes. «Te dejé algo especial en el estante de abajo», susurró. Pero Milo escuchó algo distinto. Él escuchó: debajo del estante.

Milo fue de puntitas al estante más cercano. Se agachó y miró por debajo. Solo dos pelotitas de polvo lo miraron de vuelta.

Levantó un cojín grande del suelo con mucho cuidado. Miró. Olió. Volvió a mirar. Nada. Solo el suelo de madera frío.

Milo se arrastró hasta la alfombra de lectura. Levantó una esquina con las dos manos. «Tiene que estar en algún lugar», se dijo.

Se deslizó de rodillas hasta la mesita de madera. Apoyó la mejilla en el suelo y entrecerró los ojos. Nada. Milo frunció el ceño, preocupado.

Luna lo miraba desde su silla. Sus hombros empezaron a temblar. Se tapó la boca con las dos manos para que no se escapara ninguna risita.

Milo apiló tres cojines para mirar detrás de ellos. La sala de lectura tenía ahora un aspecto muy distinto. «El secreto se está escondiendo muy bien», dijo muy serio.

Apoyó una oreja con suavidad en el suelo. Escuchó. El suelo no dijo nada de nada.

Luna se acercó de puntitas, con los ojos bailando. «¿Necesitas ayuda?», susurró. «Sí, por favor», dijo Milo. «Está muy bien escondido».

Luna miró debajo del puf grande. Milo revisó detrás de una maceta redonda. Buscaron y buscaron y no encontraron nada de nada.

Milo se sentó con un pequeño suspiro. Recogió su libro azul y lo puso sobre su regazo. «Voy a pensar», dijo en voz baja.

Abrió el libro azul. Algo fino y pintado se resbaló hacia afuera. Cayó suavecito sobre la rodilla de Milo.

Un pequeño marcapáginas. Con una flor roja arriba. Milo lo miró. Luego miró a Luna. Su boca formó una O perfecta.

Los hombros de Luna volvieron a temblar. Esta vez, ninguna mano pudo parar las risitas. Eran demasiado grandes y demasiado felices.

Milo apretó su libro azul contra el pecho. Sus hombros también temblaron. Los dos se rieron sin hacer ni un solo sonido.

«Yo dije en el estante de abajo», susurró Luna. «Yo escuché debajo del estante», susurró Milo. Eso los hizo temblar todavía más.

Milo colocó el marcador con cuidado dentro del libro azul. Lo abrazó fuerte, igual que abrazaba las cosas que quería. «Gracias», dijo. «Es el mejor secreto que encontré jamás».

Se sentaron juntos en la alfombra de lectura. Los cojines seguían un poco apilados. El libro estaba abierto entre ellos, y nadie dijo ni una palabra.

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