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Eliza presionó su nariz contra el cristal frío de la ventana, viendo desaparecer el coche de sus padres al doblar la esquina. ¡A los ocho años, por fin era lo suficientemente mayor para quedarse sola en casa toda una tarde! Su corazón latía con emoción mientras giraba en la sala vacía. «¡Ahora estoy a cargo!» le anunció a la casa silenciosa, su voz haciéndose eco en las paredes. Había prometido ser responsable, mantener las puertas cerradas y llamar si algo salía mal. Pero ahora mismo, solo sentía la deliciosa emoción de la independencia. La vieja casa victoriana parecía más grande de alguna manera, llena de posibilidades que nunca había notado antes.
Decidió explorar cada rincón de su territorio, empezando por la cocina. Eliza se subió al mostrador para alcanzar las galletas especiales que su mamá guardaba en el estante más alto, las que estaban reservadas para las visitas. «Bueno, hoy soy la jefa» razonó, tomando solo una. Mientras masticaba, un sonido extraño llegó desde arriba. ¡PLUM! CRUJIDO. ¡PLUM! Se quedó inmóvil, la galleta a medio camino hacia su boca. ¿El ático? Pero nadie subía allí nunca, excepto para guardar las decoraciones navideñas. Otra serie de golpes hizo que la lámpara del techo se balanceara suavemente. Sus padres se habían ido exactamente siete minutos, y ya algo misterioso estaba pasando.
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