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Kael adoraba su casita del árbol muy alta en el roble. Él tomaba chocolate caliente y contemplaba el amanecer pintar el cielo de rosa.
Cada mañana, él contaba los pájaros de afuera. «¡Uno, dos, tres petirrojos!» se reía, moviendo los deditos de los pies en sus calcetines suaves.
Pero hoy, algo era diferente. ¡El pino viejo de al lado estaba cantando! «Mmmmm,» cantaba con una voz profunda y resonante.
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