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La pequeña Willa amaba las mañanas de invierno. Pegaba su nariz tibia contra la ventana fría. «¡Mira todas las formas brillantes!» susurró.
Su dedito trazó un patrón en espiral en el vidrio escarchado. «Esta parece un caracol dormilón», se rio suavecito.
Todo el día, Willa vio cómo cambiaban los patrones de escarcha. El sol de la tarde los hizo brillar y derretirse despacito.
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