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Kiko el canguro se sentó en una banca del parque, con su cola poderosa colgando por el lado como un signo de interrogación peludo. Observó las hojas caer lentamente de los árboles. Una hoja. Dos hojas. Tres hojas. ¡Booostezo! «Ser el mejor saltarín de todo el mundo es aburrido cuando no hay nada emocionante por lo que saltar», suspiró. Sus orejas colgaban más bajo que un helado derritiéndose. Hasta las nubes parecían aburridas, flotando en el cielo como almohadas grumosas.
En ese momento, una mancha café se balanceó entre los árboles. ¡FUUUSH! Marco el mono aterrizó boca abajo en la banca, con su cola rizada enrollada en el respaldo. «¿Aburrido? ¿ABURRIDO?» parloteó Marco, con los ojos brillando de travesura. «¿Alguien dijo aburrido? ¡Esa es mi palabra menos favorita! ¡Después de 'hora de dormir' y 'no más plátanos'!» Se volteó hacia arriba con una sonrisa que se extendía de oreja peluda a oreja peluda. Las orejas de Kiko se alzaron como dos signos de exclamación emocionados.
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