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Emma pegó su nariz contra la ventana fría de su nueva casa, observando las gotas de lluvia correr por el vidrio. Su hermano menor Leo se sentó a su lado, tamborileando con los dedos impacientemente en el alféizar. «Ojalá pasara algo», suspiró. «Este lugar es tan aburrido.» La vieja casa de campo crujía suavemente a su alrededor, como si se estuviera acomodando para una larga siesta. Afuera, su patio trasero se extendía hacia un bosque denso, todo gris y quieto bajo la lluvia otoñal. Emma notó cómo los árboles parecían inclinarse hacia su casa, con ramas que se extendían como manos gentiles. «Tal vez mañana sea diferente», susurró, aunque no estaba segura de creerlo ella misma.
Esa noche, Emma no podía dormir. No paraba de pensar en lo vacío que se sentía todo: sin amigos cerca, sin lugares familiares, solo esta casa que crujía y el bosque susurrante. Se deslizó fuera de la cama y caminó hacia la ventana. La lluvia había parado, y la luz de la luna pintaba todo de plata. Entonces lo vio: un resplandor dorado suave pulsando entre los árboles, como un latido hecho de luz. Pero esto no era algo lejano que perseguir. En cambio, el resplandor se movía constantemente hacia su casa, volviéndose más cálido y brillante con cada pulso. El aliento de Emma empañó la ventana mientras miraba, fascinada. Fuera lo que fuera, venía hacia ellos.
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