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En la ruda aldea vikinga de Puerto Tormenta, donde las olas se estrellaban como truenos contra acantilados negros, Hicren de ocho años se sentaba tallando pequeños dragones de madera flotante. Los otros niños vikingos practicaban lucha con espadas en la playa, sus gritos mezclándose con los chillidos de las gaviotas. Pero Hicren prefería observar las nubes pasar, imaginando formas en sus siluetas ondulantes. La fragua de su padre resonaba con martillazos cerca, forjando armas para guerreros. «¡La fuerza lo conquista todo!» decían siempre los aldeanos, flexionando sus poderosos músculos. Las pequeñas manos de Hicren no estaban hechas para espadas pesadas, pero eran perfectas para notar detalles que otros pasaban por alto—como el extraño brillo en la neblina matutina aquel día.
Los ancianos de la aldea se reunieron en el gran salón, sus barbas trenzadas con anillos de hierro que tintineaban mientras discutían. «Los ataques de dragones empeoran» gruñó el Jefe Magnus, golpeando su puño en la mesa de roble. «¡Necesitamos guerreros más fuertes!» Hicren se asomó por una grieta en la pared, sus ojos brillantes captando cada palabra. Los adultos hablaban de trampas para dragones y planes de batalla, pero Hicren notó algo que ellos no vieron—los dragones solo atacaban cuando la luna estaba llena, y nunca tocaban las casas con campanitas de viento. Garabateó estas observaciones en su diario secreto, escondido bajo las tablas sueltas del piso en la cabaña de su familia.
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