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Bristle el erizo midió cuidadosamente harina en su tazón de mezcla, sus pequeñas patitas firmes a pesar de su pelaje espinoso. La cocina olía a canela y tranquilidad. En el mostrador estaba su posesión más preciada: el libro de recetas de la Abuela Búho, sus páginas amarillentas con la edad y salpicadas de manchas misteriosas. «Solo queda una receta más», susurró, pasando su patita por el lomo gastado del libro. Había estado horneando un pay cada día durante meses, trabajando cada receta con dedicación. Mañana, llegaría a la última página. ¿Qué pasaría entonces? La pregunta flotaba en el aire como polvo de harina, haciéndolo estornudar.
Esa noche, Bristle no pudo dormir. Se revolvía en su madriguera acogedora, su mente girando más rápido que su batidora eléctrica. «¿Y si olvido cómo hornear cuando termine el libro?», se preguntó en voz alta a su almohada. «¿Y si las recetas de la Abuela Búho son las únicas buenas de todo el mundo?» Sus púas temblaron de preocupación. Afuera, la luna proyectaba sombras por su ventana que parecían signos de interrogación gigantes en la pared. Se subió la manta hasta el hocico y trató de contar pays de oveja saltando cercas. Pero cada vez que un pay saltaba, le hacía la misma pregunta: «¿Qué hornearás cuando se acaben las recetas?» Incluso en sus sueños, la pregunta lo siguió como un aroma persistente.
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