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La familia Thompson se acurrucó alrededor de la mesa de la cocina mientras los truenos rugían arriba. Durante tres días, la tormenta había arreciado, convirtiendo su calle tranquila en un río de lodo y ramas caídas. La señora Thompson contó los frascos de su despensa con ojos preocupados. «Tenemos suficiente comida», dijo, «pero solo si somos cuidadosos». Maya, de ocho años, pegó su nariz contra la ventana, observando la lluvia escurrir por el vidrio. «Mamá, ¿por qué no hemos escuchado ratones en el sótano? Por las noches siempre andan rascando». Su madre se detuvo, la cuchara a medio camino hacia la olla de sopa. «Tienes razón. Qué extraño».
El señor Thompson bajó su periódico, la luz de la vela parpadeando sobre su rostro desconcertado. «Los ratones han estado terribles este año. Justo el mes pasado, se comieron todo un saco de harina». Se levantó lentamente. «Tal vez debería revisar el sótano. Asegurarme de que nuestras provisiones estén a salvo». Maya se levantó de un salto. «¿Puedo ir también?» Su padre asintió, tomando una linterna del estante. Cuando abrieron la puerta del sótano, un olor a humedad subió por las escaleras de madera. Pero algo más era diferente. Los ruidos habituales de pisoteos estaban completamente ausentes. De hecho, el sótano parecía demasiado silencioso.
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